(Festival Pliegues y Despliegues, Bogotá)

La identidad, en su tradición etimológica, proviene de idem: lo mismo, lo que se repite, lo idéntico. Es decir, aquello que no cambia en nosotros, lo que no podemos quitarnos a pesar de todos los cambios que suframos: ropa, corte de pelo, ideología, cirugías plásticas, cambio de sexo… Y pareciera residir, de manera primigenia, en el cuerpo. Sin embargo, no hay nada que se transforme de forma más constante que nuestro propio cuerpo. A diario, en los humanos promedio, mueren alrededor de doce mil células y miles más nacen. Así, en un lapso de unos ocho años, habitaremos un organismo completamente distinto al que tenemos ahora.

Es aquí donde Criaturas Humanas y sus creadores, Susana Botero y Andrés Silva, nos colocan las preguntas. A través de una puesta en escena inmersiva y participativa, conducen al público por un viaje divertido, absurdo, lleno de color y de juego. Todos estos elementos hacen que bajemos la guardia, que nos volvamos vulnerables, que entremos con una facilidad encantadora en un dispositivo que, incluso más allá del performance, nos deja cargados de interrogantes. El buen teatro no busca resolverlas; está ahí para lo contrario: para complejizar, para dejar más dudas que certezas. Criaturas Humanas lo consigue con sutileza, cerrando con un final catártico en el que criaturas bailan al ritmo de la música y la experiencia se aproxima a una alteración de la consciencia.

Pareciera que la posmodernidad hizo con la identidad lo mismo que con la verdad: deconstrucción de metanarrativas, ficciones. Y sí, la identidad como mito de una esencia inmóvil del yo estaría superada (al menos filosóficamente); todos somos multiplicidades. Sin embargo, en la vida cotidiana luchamos, consciente e inconscientemente, con esta idea metafísica de la esencia individual. Tras reflexionar a partir de la puesta en escena de Susana y Andrés, pienso que la identidad es un fármaco. En griego, pharmakon es a la vez veneno y remedio: aquello que nos cura y nos mata. La identidad funciona como artificio necesario para salvarnos de la conciencia de deriva que constituye lo humano, del vértigo de sabernos destinados a morir, de que en el fondo no hay fondo, de que no hay lógica en ser, pero tampoco en dejar de ser. Aparece entonces como un clonazepam que nos calma y, al mismo tiempo, nos adormece. Aquí sitúo mi reflexión: el ejercicio deconstructivo de la identidad debería pasar por preguntarnos ¿qué nos quita?, ¿qué nos duerme?

Iñaki Ruiz

Foto: Angelo Lucco. Cortesia de Red de Artes Vivas.

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