(Festival Pliegues y Despliegues, Bogotá)
El cordero es el animal sacrificial por excelencia: desde el cordero pascual que salva al pueblo judío de la plaga, hasta el Agnus Dei, inmolado para redimir el pecado de los hombres. Y es, tal vez, la metáfora misma de un ser que se muestra dócil pero que, al mismo tiempo, guarda una fuerza brutal: cuernos imponentes, embiste, mata. Vive en esa siesta, en ese letargo aparente, pero efímero en su esencia. La siesta siempre es corta, siempre fuera de hora.
Esa dualidad impregna la obra de Sol Gorosterrazú. Un performance que huye de lo panfletario y de la obviedad, y que se sostiene en la impecable técnica corporal de Sol, quien en solitario llena la escena con poder y presencia. La luz, la música y la escenografía son sencillas, aunque no simples: se construyen a la perfección para acompañar al cordero en su letargo, en su sueño. Con matices surrealistas, la obra conduce al espectador a un viaje onírico cargado de fuerza, violencia y miedo. El cordero se reconoce poderoso, pero sólo en el inconsciente. Sabe que, al despertar, regresará la docilidad y el sacrificio. Asistimos a los demonios del animal que viaja en un in crescendo, manteniendo al público atónito, expectante, atrapado en un profundo síndrome de Stendhal.
Como final glorioso, Sol rehúye del aplauso: no lo quiere, no lo busca. Incluso se percibe incómoda al ser invitada, sin posibilidad de huida, a recibirlo. Tal vez, en ese gesto se abre un puente con la obra homónima del dominicano Andrés Mateo. Quizás, como corolario brutal, los dormidos seamos nosotros, los que miramos desde el otro lado del escenario. El aplauso se vuelve acto de histeria colectiva, de letargo. No podemos vivir sin él: lo necesitamos incluso más que el artista. Lo exigimos para romper la sacudida que nos obliga a preguntarnos si ha llegado el momento de despertar. Lo usamos, en cambio, para prolongar la siesta. La siesta de los corderos.
Iñaki Ruiz
Foto: Angelo Lucco. Cortesia de Red de Artes Vivas.

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